El despertar a tiempo

Esperando el portazo, la discusión a los gritos o el portazo definitivo que validara su teoría de que todo se rompe, Valeria se queda completamente tildada. La furia que esperaba encontrar del otro lado no existe. Esteban se planta con una serenidad inquebrantable, cruzándose de brazos, y la mira a los ojos con una mezcla de firmeza y profunda tristeza:

—¿Hasta cuándo vas a seguir saboteando lo nuestro, Valeria? —le dice con voz pausada, perforando todas sus defensas—. Yo tengo paciencia, sí, y te he demostrado que estoy acá. Pero no vine a aguantar que me empujes al abismo, ni a jugar a las adivinanzas, solo porque a vos te da terror estar en paz y querés comprobar que todos son iguales.

Ese espejo frontal, limpio de soberbia y lleno de verdad, la desarma por completo. En un segundo, toda la coraza de hierro que tardó años en construir se le cae al suelo hecha pedazos.

Por primera vez, sin filtros ni coartadas mentales, ve con total crudeza lo que estuvo haciendo durante semanas: el famoso escudo de «es que no tiene paciencia» era solo una mentira autocomplaciente, una trampa perfecta para justificar su propio miedo al compromiso y a la estabilidad real. El vacío de no tener a quién culpar más que a sí misma la golpea de golpe.

Las lágrimas, que tanto se habíagenerado reprimir para mantener el control, empiezan a caerle por las mejillas sin que pueda contenerlas. Se quiebra genuinamente, con el pecho apretado, y por primera vez en toda su vida adulta se muestra completamente desarmada.

—Perdón… te juro que perdón —balbucea con la voz rota, sin importarle quedar vulnerable—. Me aterra tanto que esto funcione, me da tanto pánico perder el control y que me lastimen, que estuve haciendo todo lo posible para arruinarlo yo antes de que lo arruines vos. Soy una idiota… tengo un terror espantoso a perderte.

Esteban se queda en silencio observándola. Ve a esa mujer que siempre se mostró fuerte, autosuficiente y distante, ahí tirada contra sus propias murallas, totalmente desnuda de sus mecanismos de defensa. Aunque el susto fue grande y el límite que puso fue real, el enojo se le desarma al ver el tamaño de su dolor.

Da un paso hacia ella, le extiende los brazos y la abraza fuerte, dejándola llorar contra su hombro. No hay un «aquí no ha pasado nada», pero en ese refugio entienden que acaban de asomarse al abismo y de salvarse por milímetros. Se sientan a hablar durante horas, cara a cara, aceptando que sanar las viejas heridas va a requerir trabajo, pero con la certeza de que haber cruzado ese fuego los dejó, por fin, parados en la realidad.

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Marcela Scaramuccia