La salvadora y el despertar 

Un martes por la tarde, en medio de una semana donde Valeria venía desvelada intentando acomodar sus propios proyectos y, al mismo tiempo, conteniendo una nueva crisis existencial de Federico vía WhatsApp, su cuerpo le dice basta de manera rotunda. Siente un vaciamiento físico y mental absoluto.

Se mira al espejo del baño, ve las ojeras, revisa los chats donde pasó horas dándole cátedra de autoconocimiento a un tipo que al día siguiente volvía a actuar exactamente igual, y de golpe se le ilumina la conciencia con una claridad estruendosa: ella vino a este mundo a crear su propia ruta y a guiar desde su soberanía, no a rescatar náufragos emocionales que se aferran a su cuello para ahogarla.

El colapso del rol de salvadora se convierte en su mayor revelación.

No hay gritos, no hay discusiones eternas ni pases de factura. Valeria experimenta un despertar interno tan calmo como implacable. Agarra el teléfono, entra al chat de Federico, que en ese preciso momento le está mandando un audio larguísimo quejándose de sus propias exigencias laborales, y le pone punto final.

Le escribe un mensaje breve, sin espacio para réplicas:

«Fede, hasta acá llegué. Me di cuenta de que paso el tiempo sosteniendo un vínculo donde hago de terapeuta y no de compañera. No tengo más energía para esto. Te deseo lo mejor en tu camino.»

Antes de que él siquiera llegue a escuchar el audio o a reaccionar con su habitual manipulación defensiva, Valeria lo bloquea de todas partes.

Apaga el celular por un rato, abre la ventana de su estudio para que entre aire fresco y se sienta frente a su escritorio. Siente que se quitó una mochila de plomo de encima. El desgaste invisible se disuelve en el aire, y todo ese caudal de energía que durante meses regaló a ajenos vuelve, por fin, a su propio centro creativo, a sus talleres y a su absoluta libertad.

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Marcela Scaramuccia