El aburrimiento y la retirada por descarte

Un jueves por la noche, sentados en un restaurante de Palermo mientras Federico gesticula con entusiasmo narrando otro de sus grandes éxitos comerciales, Valeria lo mira fijamente. De pronto, el ruido del lugar parece apagarse y un silencio interno la atraviesa. Se observa a sí misma participando de ese partido de tenis mental, midiendo cada frase, calculando la réplica perfecta, afilando la ironía… y experimenta una sensación contundente: un aburrimiento absoluto.

Piensa: «¿Qué estoy haciendo? Estoy gastando mi tiempo y mi chispa creativa compitiendo con un espejo inflado».

El encanto del desafío se desvanece de golpe. La adrenalina se transforma en una estela de fastidio liviano, y comprende que jugar al mismo juego narcisista la rebaja a su nivel. Esa misma noche, la dinámica cambia por completo de su parte.

  • La retirada fría y sin drama: Valeria deja de devolverle la pelota. Ante sus comentarios incisivos o sus chistes de suficiencia, ella responde con un monosílabo amable, una sonrisa distante y la mirada puesta en otro lado. Ya no discute, ya no compite, ya no le sigue el hilo a la esgrima verbal. La magia del juego se muere porque del otro lado ya no hay eco.

  • El cierre definitivo: A los pocos días, ante la evidente tibieza y falta de interés de Valeria, Federico intenta reactivarla con algún mensaje provocador o una invitación costosa. Valeria lo lee, sonríe con la tranquilidad de quien ya vio el final de la película, y le responde con total neutralidad: «Fede, la verdad es que ya no me divierte este juego ni compartimos la misma sintonía. Te deseo lo mejor».

Sin esperar réplica, lo archiva, lo bloquea o simplemente lo deja ir en el éter de su indiferencia. Respira hondo, recupera toda su energía vital y vuelve a encender su propia frecuencia creativa, saboreando el triunfo más sutil de todos: haberse aburrido tanto del personaje como para soltarlo sin mirar atrás.

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Marcela Scaramuccia