El reemplazo exprés y la caída de la venda

El hechizo de la perfección milimétrica no se rompe por una crisis interna de Valeria, sino por una torpeza del propio Germán que deja al descubierto la trampa.

Un día, por casualidad o un descuido tecnológico, Valeria ve la pantalla del celular de Germán o escucha una charla telefónica. Descubre, con una claridad pasmosa, que ella nunca fue «la elegida» ni la única protagonista de su vida: es simplemente la última pieza que encajaba en su escenografía. Nota que él opera de la misma idéntica manera con otras mujeres, repitiendo los mismos libretos, los mismos halagos milimétricos y la misma galantería de catálogo con quien le devuelva el reflejo que su ego necesita.

La revelación es instantánea.

Todo el decorado de lujo, los tragos cinematográficos y las frases perfectas se desmoronan como un castillo de naipes. En un segundo, la admiración que sentía se transforma en una mezcla exacta de asco y alivio absoluto. Ve al hombre maniquí en su verdadera dimensión: un holograma vacío que solo se ama a sí mismo.

Valeria no grita ni le pide explicaciones. Agarra sus cosas con una elegancia fría, le deja un mensaje cortante y lapidario en el chat que no le da pie a ninguna réplica, y lo bloquea de su vida para siempre.

Sale a la calle con una sonrisa irónica, sintiendo que esquivó una bala invisible. El espejismo se terminó, y ella recupera, de un solo golpe, su centro, su dignidad y su libertad creativa.

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Marcela Scaramuccia