El cierre

Valeria lee el mensaje de Marcos dos veces. Ve la promesa de la mudanza, la fecha firme, el esfuerzo por encajar en lo que ella le pedía. Hace un tiempo, esa frase le habría salvado la semana y la habría hecho correr a sus brazos con ilusión.

Pero hoy, con el cuerpo alineado y la paz reconquistada, lee otra cosa entre líneas. Lee prisa, lee necesidad de no quedarse solo, y sobre todo, lee que necesitó perderla por completo para recién empezar a mover los papeles de su propia vida. Ella no vino a ser el motor de arranque de nadie.

Con absoluta tranquilidad, sin enojo pero sin ninguna fisura, Valeria le responde:

«Marcos: me alegro mucho por vos y por tu proceso, de verdad. Qué bueno que hayas podido destrabar eso. Pero mi decisión de no seguir adelante fue firme y no tiene que ver con los tiempos de tu casa, sino con lo que yo elijo para mi vida. Te deseo lo mejor en esta nueva etapa. Chau.»

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Deja el celular sobre la mesa, se levanta, se sirve un vaso de agua fresca y se mira en el espejo del pasillo. Ya no hay rastro de la duda que la atormentaba a las tres de la mañana semanas atrás. Siente una ligereza absoluta en el pecho. Comprobó que el límite real no se sostiene peleando con el otro, sino eligiéndose a una misma sin vacilar.

La puerta de la historia de Marcos se cierra con llave y del otro lado solo queda su propio territorio, ancho, habitable y listo para lo que de verdad esté a su altura.

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Marcela Scaramuccia