La Confiscación Culposa (El peso de la propia trampa)

La doble vida que Valeria inventó para huir de la paz se vuelve un laberinto asfixiante. Cada vez que Esteban la mira con esa sinceridad limpia, cada vez que le regala un gesto de afecto genuino sin segundas intenciones, la culpa le cae encima como una losa de plomo.

El vértigo de la clandestinidad ya no se siente como adrenalina; se siente como una estafa barata. Cada vez que mira al otro hombre en sus encuentros furtivos, descubre con espanto que ya ni siquiera le importa: solo lo usó como un anestésico, como un escudo de emergencia para escapar de la intimidad real que tanto le aterraba.

El espejo le devuelve una imagen insoportable. Durante años se desgarró las vestiduras maldiciendo a los hombres que la engañaban, que le mentían y que jugaban con su tiempo. Y ahí estaba ella: convertida exactamente en el verdugo que tanto detestaba, haciendo exactamente el mismo daño por pura cobardía. La venganza inconsciente contra la bondad de Esteban se disuelve, dejándole paso a una náusea profunda con ella misma.

No espera a que Esteban descubra las piezas por su cuenta. Sabe que si hay algo de dignidad real en esta versión suya que intenta sanar, tiene que hacerse cargo del destrozo.

Un atardecer, lo cita a tomar un café. Desde el momento en que se sientan, Esteban nota que algo se derrumbó. Valeria no puede sostenerle la mirada; las manos le tiemblan sobre la taza y la voz le sale apenas como un hilo roto.

—No sé cómo decirte esto, y sé que no hay ninguna excusa que sirva —empieza diciendo, con los ojos anegados en lágrimas que ya no intenta contener—. Me aterraba tanto lo que teníamos, me daba tanto pánico que alguien me tratara bien sin segundas intenciones, que inventé un fantasma. Empecé a salir con otra persona en paralelo. Quería sentir peligro, quería romper todo para confirmar mi teoría de que siempre salgo perdiendo.

Esteban la escucha en absoluto silencio. No hay gritos, no hay exclamaciones de sorpresa; solo un dolor sacho y seco que se le instala en la mirada. El café se enfría entre los dos mientras ella le desgrana su miseria, su cobardía y el asco que siente al haberse convertido en aquello de lo que tanto huyó.

Cuando termina de hablar, el silencio es más pesado que una condena.

—Gracias por tener la valentía de decirlo al fin, Valeria —le responde Esteban con una voz que suena extrañamente lejana, despojada de cualquier refugio—. Pero las explicaciones no borran el lugar en el que me pusiste. Yo vine a jugármela por una mujer real, no a competir con tus fantasmas ni a ser el daño colateral de tus miedos.

Esteban deja el dinero sobre la mesa, se levanta despacio y se marcha del lugar sin armar una escena, dejándola sola con su confesión.

Valeria se queda hundida en la silla, mirando el fondo de la taza vacía. El peso de la culpa es tremendo, pero por primera vez en su vida no hay coartadas, ni excusas, ni dedos acusadores hacia afuera. Se rompió por completo, pero en ese fondo de miseria autoinfligida, la careta por fin se ha hecho añicos para siempre.

Conéctate conmigo desde mis redes sociales y/o accede a la Comunidad VIP en WhatsApp 

Marcela Scaramuccia