El grito del cuerpo y la retirada en silencio

La anestesia de la comodidad parece funcionar durante semanas, hasta que el cuerpo, que es sabio y no negocia con las mentiras que nos contamos, le pone un freno de golpe.

Un viernes a la noche, mientras se arregla para acompañar a Federico a una nueva cena social donde ella sabe que volverá a hacer de actriz secundaria de su monólogo, Valeria siente un cansancio tan profundo que le pesa hasta respirar. Le viene una ola repentina de fatiga crónica, una contractura feroz en la espalda y un rechazo visceral que le recorre todo el cuerpo. No es tristeza; es hartazgo puro. Se mira al espejo y se da cuenta de que se está disolviendo a cambio de cenas pagas, salidas constantes y mimos superficiales.

Esa misma noche, con una calma inapelable, suspende la salida argumentando un malestar físico real. Federico lo toma con cierta condescendencia y le manda mensajes minimizándolo. Valeria lo lee, apaga el teléfono y pasa todo el fin de semana en absoluta soledad, recostada en su centro, en silencio y reconectando con el pulso de su propia vida, sus talleres y sus escritos.

El lunes por la mañana, sin estridencias, sin llamados dramáticos ni pedidos de explicaciones, le redacta un mensaje corto, frío y definitivo:

«Fede, estuve pensando y sintiendo mucho este fin de semana. Me di cuenta de que nuestros caminos y formas de estar en el mundo son muy distintos. No quiero seguir adelante con este vínculo. Te deseo lo mejor.»

Antes de que él alcance a responder o a intentar manipular la situación con su habitual labia, Valeria lo bloquea de todas las vías posibles.

Vuelve a su escritorio, abre sus archivos, respira el aire limpio de haber recuperado su soberanía y comprende que ningún confort material vale la paz de habitarse a una misma sin anestesia. La jaula dorada se desarmó sola, y el tablero de su vida vuelve a ser puro territorio propio.

Conéctate conmigo desde mis redes sociales y/o accede a la Comunidad VIP en WhatsApp 

Marcela Scaramuccia