El colapso físico y la implosión interna

Meses después de haber metido sus inseguridades, su cansancio y su verdadera voz en un cajón, el cuerpo de Valeria dice basta de manera rotunda.

La simulación tiene un costo biológico altísimo. Una mañana amanece con una opresión en el pecho, un agotamiento crónico que no se quita con dormir y una bronca sorda que ya no le entra en el cuerpo. Se mira al espejo del departamento minimalista de Germán, rodeada de diseño y silencio, y siente una repulsión profunda hacia el personaje que construyó para encajar. Comprende que se convirtió en una actriz de reparto en la obra de un hombre que solo se ama a sí mismo.

No hay gritos ni reclamos grandilocuentes, porque sabe que con alguien tan hermético las palabras se desperdician.

Valeria experimenta una implosión interna: esa energía que contuvo durante tanto tiempo se transforma de golpe en una lucidez implacable. Agarra su bolso, mete sus pertenencias con gestos automáticos pero firmes, y antes de cruzar la puerta por última vez, le deja una nota breve sobre la mesa de entrada.

Sin mirar atrás, lo bloquea de todas partes y sale a la calle respirando hondo. El aire frío de Buenos Aires le golpea la cara, pero por primera vez en meses se siente liviana. Recupera su soberanía y se promete a sí misma no volver a canjear su verdad por la comodidad de un espejismo.

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Marcela Scaramuccia