El salto al vacío y la apertura
Valeria se queda un largo rato mirando el techo de su habitación, respirando hondo y dejando que esa incomodidad en el pecho se desarme sola. En lugar de huir o buscarle el pelo al huevo para mandarlo a freír churros, se sincera por completo consigo misma: el vértigo no es porque Marcos haya hecho las cosas mal, sino porque por fin las hizo bien. Y eso, para alguien acostumbrada a la trinchera de la independencia y a los amores con asteriscos, da un miedo terrible.
Se da cuenta de que su coraza se había vuelto tan cómoda que cualquier posibilidad de amor real y cotidiano se sentía como una amenaza a su espacio. Pero también entiende que su deseo genuino de estar en pareja no se iba a cumplir si seguía eligiendo vínculos condicionados solo para protegerse.
Al día siguiente, con el pulso firme pero el corazón latiendo a mil, agarra el teléfono y le contesta a Marcos:
«Hola, Marcos. Estuve pensando en todo este tiempo y en tu propuesta. Me parece valioso que hayas hecho tu parte y ordenado tu vida. Sí, dale, nos veamos y avancemos con esa cita.»
Llega la noche del encuentro. Van a cenar a un lugar divino. La charla fluye con una ligereza hermosa, sin la tensión de los secretos ni las urgencias ajenas. Hay miradas cómplices, risas genuinas y una química física y mental que se despliega con total libertad.
Cuando terminan de cenar y él la acompaña hasta la puerta de su casa, la despide con un beso cálido y respetuoso, dejándole espacio sin avasallarla. Valeria entra a su departamento, cierra la puerta y apoya la espalda contra la madera. Ya no siente el pecho apretado por la angustia ni el vértigo del miedo; siente una profunda expansión.
Se saca los zapatos, sonríe en penumbras y comprende que el verdadero salto no era esperar a que el otro cambie, sino animarse a recibir el amor cuando finalmente se presenta sano, disponible y a su altura
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Marcela Scaramuccia