Poner límites y observar (El espejo de la propia disponibilidad)
Valeria decide que no va a hacerse la distraída ni va a tolerar la «zona gris» de una convivencia ajena, pero tampoco lo descarta de un portazo sin antes ver cómo reacciona él ante un límite claro.
—Marcos —le dice con total firmeza en medio del café—. Entiendo perfectamente que separarse con hijos y la situación económica es un lío enorme. Pero yo estoy en otra etapa de mi vida. No me interesa ni voy a involucrarme con un hombre que sigue bajo el mismo techo que su ex.
Marcos se queda mudo. La mira con los ojos abiertos, traga saliva y se acomoda en la silla, visiblemente descolocado. Por un segundo, asoma el reflejo defensivo de la víctima, pero la claridad y la elegancia con la que Valeria se lo plantea lo desarman.
—Tenés razón… —admite él, bajando la mirada y removiendo el café con la cucharita—. Qué querés que te diga, me da vergüenza darte esta charla, pero es verdad. Estoy empantanado en mi comodidad y te tiré toda la mochila arriba en la primera cita. Soy un idiota.
Valeria lo observa en silencio, dándole espacio para ver si hay una registro real o pura culpa pasajera.
—No sos un idiota, Marcos, pero las cosas como son: yo quiero un compañero que esté disponible de verdad, no a mitad de camino. Si querés resolver tu vida, hacelo por vos; si nos volvemos a cruzar más adelante, se verá. Pero hasta acá llegamos.
Se despiden con un beso educado. Valeria se va a su casa con la satisfacción de haber puesto un límite impecable.
La vuelta de tuerca: El compromiso real… y el propio miedo al compromiso
Pasan dos meses. Valeria siguió con su vida, sus proyectos y su centro intactos. Sin embargo, un mensaje de Marcos la sorprende: ya alquiló un departamento propio de verdad, hizo la mudanza y los chicos ya tienen su rutina organizada. Cumplió con todo lo que en su momento era una excusa.
Marcos la vuelve a invitar a salir, pero esta vez desde un lugar totalmente diferente: con la casa en orden, la disponibilidad emocional real y un interés genuino, maduro y plantado.
Valeria acepta la cita. Van a cenar, la charla es hermosa, hay una química impresionante y el tipo demuestra ser exactamente ese compañero inteligente y cálido que ella había imaginado en un principio. No hay exes llamando, no hay excusas habitacionales. El camino está despejado y Marcos va de frente, apostando todo a conquistarla.
Pero aquí es donde ocurre el gran giro inesperado del inconsciente de Valeria: ahora que el otro sí está disponible, a ella le agarra vértigo.
Esa noche, acostada en su cama, empieza a sentir una incomodidad sutil en el pecho. Se da cuenta de que durante todo este tiempo, el atractivo de Marcos también consistía, en parte, en que era un «amor imposible» o condicionado, lo que le permitía a ella mantenerlo a una distancia segura. Inconscientemente, su propia estructura se había acostumbrado a la independencia total y a la autonomía absoluta; tener a alguien de verdad a su altura, que le proponga un proyecto de pareja real y cotidiano, le despierta un miedo profundo a perder su espacio, su libertad y su paz recién ganada.
Valeria se queda mirando el techo, descubriendo su propia trampa interna: ¿el problema era que los hombres no estaban disponibles, o era que cuando alguien finalmente se disponía, a ella le daba terror comprometerse?
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Marcela Scaramuccia