Valeria valora ese fugaz destello de humanidad. Deja que el silencio respire un segundo, le devuelve una sonrisa comprensiva pero firme, y le dice con total honestidad:
—Fede, valoro un montón que me digas eso y te agradezco la sinceridad. Todos tenemos nuestros miedos abajo de la alfombra. Pero también te digo algo: a mí me aburre un poco la pose de superado y me gusta el intercambio genuino, no tener que andar escarbando debajo de una armadura todo el tiempo.
Federico la mira procesando el golpe. No se enoja; al contrario, parece que esa franqueza sin filtros lo descoloca todavía más y le genera una atracción extra. La charla se encauza un rato más desde un lugar más amable, bajan las revoluciones del monólogo y, aunque la cita termina ahí de manera cordial, Valeria se despide con un claro «nos mantenemos en contacto», sabiendo internamente que no va a haber un segundo encuentro. Cada uno se va por su lado.
El eco de la disculpa: La reaparición de Federico
Pasan cuatro o cinco días. Valeria ya tiene la cabeza puesta en sus proyectos, sus talleres y su rutina, cuando el teléfono vibra en la pantalla de la mesa de trabajo. Es un mensaje de WhatsApp de Federico:
«Hola, Valeria. Estuve rumiando toda la semana lo que me dijiste en el bar. Tenés absoluta razón. Me quedé pensando en cómo me cuesta correr el personaje y mostrarme vulnerable sin defensas. Te agradezco la cachetada de realidad, me hizo muy bien. Si me das otra oportunidad para compensarte y esta vez dejar que hables vos y escuchar de verdad, me encantaría invitarte a cenar este jueves.»
El mensaje la sorprende. Hay una autocrítica real y un registro de lo que pasó, lo cual demuestra que el tipo no era un caso perdido absoluto, pero a la vez viene con el formato clásico de la reconquista.
Valeria se queda con el celular en la mano, evaluando el tablero. Y acá se le abre una nueva bifurcación:
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Marcela Scaramuccia