El espejo del juego
Ante el primer despliegue de ego, los monólogos interminables y la necesidad de Federico de ser el centro de atención, Valeria decide no enojarse ni adoptar el rol de terapeuta. Al contrario: le devuelve el espejo.
Cómo se desarrolla: Valeria se sube al juego de la ironía con una elegancia sutil. Si Federico empieza a hablar de sus logros o a acaparar la conversación con aires de grandeza, ella le sigue la corriente con un humor ácido y sutilmente competitivo, devolviéndole exactamente la misma energía de suficiencia. Le retruca con anécdotas propias igual o más impactantes, no le festeja los chistes fáciles y lo mira con una sonrisa de complicidad irónica.
El efecto en Federico: Lejos de asustarse, Federico queda fascinado. Al encontrar una mujer que no lo aplaude mansamente ni se achica ante su presencia, se enciende todavía más en su rol de «conquistador desafiado». La dinámica se vuelve un juego de esgrima verbal, chispeante y agotador a la vez, donde ambos compiten por el protagonismo.
Hacia dónde lleva: Esta opción mantiene la relación en un plano superficial, divertido y adrenalínico por un tiempo, pero le quita toda profundidad emocional. Valeria se divierte un rato jugando con su ego, consciente de que ahí no hay un vínculo real, sino un duelo de vanidades.
El punto de ebullición del juego (La escalada)
Durante las siguientes semanas, la relación se convierte en una especie de esgrima verbal constante. Salen a cenar, se chicanean con inteligencia, compiten sutilmente por quién tiene la última palabra o la anécdota más brillante de la noche. Al principio, para Valeria es un ejercicio divertido, una descarga de adrenalina donde pone a prueba su propia rapidez mental y su capacidad de no dejarse avasallar.
Pero al cabo de un mes, el juego empieza a mostrar su desgaste. Valeria se da cuenta de que, para seguirle el ritmo a ese intercambio de egos, tiene que estar en una guardia permanente que le consume muchísima energía. Ya no hay disfrute ni descanso; es una competencia incesante donde nadie se anima a mostrarse vulnerable por miedo a perder.
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Marcela Scaramuccia