El deslumbramiento, la trampa y la encrucijada
Valeria se deja embriagar por el magnetismo de Germán. Después del desgaste gris y las promesas a medias de Marcos, la intensidad con la que Germán la atiende, la busca y la adula se siente como un oasis en el desierto.
Durante las primeras semanas, la relación vive en un plano de luces de neón: cenas en lugares sofisticados, mensajes kilométricos a primera hora de la mañana elogiando su inteligencia, y una sensación constante de estar flotando en una película romántica donde ella es la absoluta protagonista. Valeria baja por completo las defensas, convencida de que esta vez sí apareció alguien que la valora sin vueltas.
La trampa de la perfección milimétrica
A medida que pasa el segundo mes, la dinámica empieza a institucionalizarse. Germán la invita a su departamento —un espacio impecable, minimalista, donde todo parece salido de una revista de diseño— y le ofrece un nivel de atención que raya en lo cinematográfico. Le prepara tragos, le recuerda sus fechas importantes y la halaga delante de sus colegas.
Pero con el correr de los días, Valeria empieza a percibir una extraña incomodidad en el aire. No hay peleas a los gritos ni desplantes evidentes; el problema es mucho más sutil: la perfección de Germán no tiene huecos para la humanidad.
Si Valeria tiene un día gris, está cansada o se muestra vulnerable con alguna inseguridad real, Germán desvía la conversación con elegancia o le resta importancia con una frase vacía, como si no soportara verla fuera del rol de «mujer perfecta».
Las charlas son siempre unilaterales: él despliega su currículum de encanto y sus éxitos, pero cada vez que Valeria intenta profundizar en quién es él de verdad o qué siente, choca contra una pared de cristal espejado.
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Marcela Scaramuccia