El despertar del límite definitivo
Valeria lo mira fijo. Esa risa nerviosa de Marcos, en lugar de generarle ternura o comprensión como la primera vez, le cae como un baldazo de agua fría. Ya no hay espacio para justificaciones económicas ni para eufemismos de «transición». La realidad se le planta enfrente, cruda y sin filtro: mientras ella se arregló, se armó el espacio mental y emocional para una cita romántica a solas, Marcos sigue adentro de un combo familiar ajeno, donde ella es solo un recreo, una pausa intermitente en la agenda de un tipo que no está disponible.
El teléfono de Marcos vuelve a vibrar sobre el mantel de lino blanco.
Valeria apoya la servilleta con total prolijidad al lado del plato, se acomodan los anillos y lo mira a los ojos, con una calma que a él lo descoloca por completo.
—Marcos —le dice, con voz firme y suave a la vez—. Cortemos acá.
Él balbucea, intenta estirar la mano, dice un «esperá, pará, no te pongas así, yo ahora te explico…». Pero Valeria ya se levantó de la silla con absoluta elegancia.
—No hay nada que explicar. Me caes súper bien, la paso mil puntos con vos intelectualmente, pero yo no vine a ocupar un segundo plano ni a ser la espectadora de una convivencia que no cerraste. Te deseo lo mejor con tu familia.
Deja sobre la mesa el dinero exacto de su parte de la cuenta, se cuelga la cartera al hombro, le dedica una sonrisa educada y se despide con un movimiento de cabeza.
Cuando cruza la puerta del restaurante en Ramos Mejía y golpea la vereda de la calle principal, una brisa fresca de la noche le pega en la cara. Siente el corazón latiéndole fuerte, pero no por angustia, sino por pura adrenalina y liberación. Caminando hacia su auto, respira hondo. Acaba de elegir su propia paz por encima de la comodidad de una compañía a medias.
El tablero se limpia. La aventura sigue, y Valeria vuelve al ruedo, pero esta vez con el radar mucho más afinado y el listón de su valor bien alto.
Al encender el auto y poner marcha atrás, Valeria sonríe. Comprobó que decir que no a medias es decirse sí por entero. La aventura de elegir no se trata de encontrar al hombre perfecto, sino de dejar de negociar su propio valor.
¿Querés probar qué hubiera pasado si elegías el camino digital con la app o el misterio a ciegas del amigo de su amiga? Volvé al inicio de la historia.
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Marcela Scaramuccia