El Espejo Roto: Cuando Valeria se convierte en el Monstruo
Mientras sostiene este juego paralelo con el otro hombre, buscando la falsa adrenalina para huir de la paz, algo empieza a quebrarse dentro de Valeria. Lo tremendo de esta opción no es solo el engaño en sí, sino el golpe brutal de verse al espejo y descubrir la verdad que tanto intentaba evitar.
Durante años, Valeria se posicionó en el lugar de la víctima: la que sufría la ambigüedad, la clandestinidad, las mentiras y las especulaciones de hombres que no se jugaban por nada serio. Se juró a sí misma que ella era distinta, que si un día tenía un hombre sano y disponible, lo valoraría.
Pero la realidad la cachetea sin piedad. Ante la inminencia de un compromiso real, maduro y limpio con Esteban, el pánico la paraliza de tal manera que activa sus mecanismos de defensa más oscuros. Sin darse cuenta del todo —o quizás en un acto de autodefensa tan retorcido que roza una venganza inconsciente contra la propia estabilidad—, termina adoptando los mismos códigos que detestaba en los demás.
La revelación del autosabotaje
Un día, mientras le sonríe a Esteban en una charla de sobremesa y le dice que «todo está bien», su teléfono vibra en la cartera con un mensaje del otro tipo, el de la clandestinidad. En ese preciso instante, Valeria se congela.
Ve la escena desde afuera y el espanto la atraviesa:
El hombre que tiene enfrente, Esteban, es paciente, transparente, le ofrece un amor sano y no le hace ninguna trampa.
Y ella, paralizada por el miedo a perder el control y ser vulnerable de verdad, está replicando exactamente el mismo daño que le hicieron toda la vida. Se convirtió en la persona esquiva, en la que miente en la cara, en la que desvaloriza la entrega del otro por cobardía.
Esa venganza inconsciente contra la bondad de Esteban —castigarlo bajándole el precio a su pureza solo porque la descoloca no tener que pelear— se le cae encima como un piano de cola
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Marcela Scaramuccia