La rutina de la comodidad y el anestesiamiento
La relación con Federico entra en una especie de piloto automático funcional. Mes a mes, la dinámica se estabiliza: él sigue siendo el hombre hiperactivo, proveedor de planes caros, invitaciones constantes y regalos sutiles, mientras que Valeria, de a poco, empieza a bajar las defensas de su radar interno.
Los primeros meses, cada monólogo de Federico y cada muestra de soberbia le hacían ruido; pero con el tiempo, la comodidad de tener la agenda llena, de no tener que pensar los fines de semana y de dejarse llevar por el confort material va haciendo su trabajo. Valeria se descubre a sí misma adaptando sus horarios, corriendo sus propios proyectos creativos para acompañarlo a los eventos de él, y justificando el combo entero bajo la premisa de que «al menos la vida se vuelve entretenida y no hay que lidiar con la soledad».
El problema es sutil pero profundo: a cambio de las cenas, los paseos y los mimos constantes, Valeria empieza a alquilar su propio silencio. Su voz interna, esa que al principio le gritaba que el ego de Federico era insoportable, se va volviendo un susurro apagado. Se anestesia frente al espejo, posterga sus talleres y sus escritos, y se convierte, sin darse cuenta, en la perfecta compañera de decorado de un hombre que solo sabe habitar su propio ombligo.
Hasta que, de tanto postergarse y callar las alertas del cuerpo, un día cualquiera la energía le pasa factura y se da cuenta de que la comodidad se convirtió en una cárcel dorada.
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Marcela Scaramuccia