La trampa de la comodidad y el histeriqueo
Valeria se queda con el termo en la mano. Siente la tentación de ponerle un freno drástico, pero piensa: «Bueno, tampoco es para tanto… un café el viernes no le hace mal a nadie, para qué ponerme tan rígida y armar un drama en el trabajo». Afloja la postura, se ríe con complicidad, le baja el precio a la situación y le dice que sí, que acepta salir a tomar algo el fin de semana.
Esa decisión, que al principio parecía una salida elegante para evitar tensiones, abre la puerta sin que se dé cuenta a la trampa de la comodidad.
Empiezan a verse a escondidas de la oficina. Salen a cenar los fines de semana, charlan horas, y la química física y mental es tan innegable que a Valeria le resulta facilísimo justificarlo: «La pasamos tan bien, qué importa que él siga con la convivencia en su casa, mientras tanto disfrutamos». Se deja llevar por la adrenalina del coqueteo prohibido y la comodidad de tener compañía sin las exigencias de un título formal.
Pero el engranaje empieza a gastarse rápido.
Las salidas se vuelven cada vez más esporádicas y siempre están condicionadas por los horarios de la casa que Marcos comparte con su ex. Los fines de semana largos, cuando Valeria se queda sola en su casa con sus proyectos, los mensajes de él escasean o desaparecen bajo la excusa de las «reuniones familiares». Las llamadas cortadas, las explicaciones a medias y esa sutil sensación de ocupar un casillero secundario empiezan a pasarle factura en el cuerpo.
Una noche, mirando el techo de su habitación a las tres de la mañana con una profunda angustia apretándole el pecho, Valeria se hace la gran pregunta:
«¿Qué estoy haciendo? ¿Otra vez cayendo en el lugar de la que acompaña, la comprensiva, la que espera que el otro resuelva su vida?».
Sin planificarlo, y por haber querido evitar un conflicto al principio, Valeria terminó cayendo de lleno en el círculo vicioso del vale todo: la zona gris donde se resigna a recibir migajas afectivas envueltas en encanto superficial, solo por miedo a la soledad o por no querer romper la comodidad del juego.
El punto de inflexión desde el desgaste
Atrapada en esa maraña de ansiedad y desgate constante, el cuerpo le dice basta. La inercia de «seguir la corriente» la dejó exactamente en el mismo lugar del que creyó que podía escapar con cintura social.
Ante este panorama de agotamiento, a Valeria se le vuelven a abrir los caminos de la brújula:
¿Por cuál de estos dos camimos continúa la aventura?
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Marcela Scaramuccia