Aceptar el vale todo
Valeria acepta. Se dice a sí misma que «no hay que ser tan rígida», que todos arrastran mochilas y que hay que darle una oportunidad a la química. Pero la decisión de quedarse en la zona gris con Marcos empieza a pasarle factura en el día a día.
Las citas con Marcos se vuelven esporádicas, siempre condicionados por los horarios de la casa que comparte con la ex. Las ausencias de mensajes los fines de semana largos, las excusas y esa sensación sutil de estar en un segundo plano empiezan a desgastarla.
Una noche, mientras mira el techo de su habitación a las tres de la mañana, sintiendo una profunda angustia en el pecho, Valeria se hace la gran pregunta:
«¿Qué estoy haciendo? ¿Otra vez cayendo en el lugar de la que acompaña, la comprensiva, la que espera que el otro resuelva su vida?».
Se da cuenta de que no es una diosa infalible que la tiene re clara; al contrario, reconoce sus propios patrones: la tendencia a engancharse con la costumbre, a justificar lo injustificable por miedo a la soledad, y a tropezar con hombres que le dan migajas afectivas envueltas en encanto superficial.
Pero el desgaste la deja pensando:
¿Cortar con Marcos y centrarse en ella misma? ¿Dejarse llevar por la nueva opción que apareció en medio del vínculo con él?
Conoció a German en un evento social vinculado a su trabajo. Germán es impecable, huele bien, la adula de una manera sutil pero embriagadora, le dice exactamente lo que ella necesita escuchar y la hace sentir única
¿O se deja llevar con la idea de conocer a Esteban, a quien su amiga quiere presentarle?
El gran punto de inflexión: ¿Qué hace Valeria con su brújula?
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Marcela Scaramuccia